CES - Revista Veterinaria Enero - Junio 2008 - (Page 54) El bienestar animal y la bioética Los asuntos relacionados con el bienestar animal deben empezar a ser comprendidos desde la bioética, y más precisamente desde su corriente Macrobioética, teniendo en cuenta que la vida no es sólo facultad humana, y que la Bioética es más que simple ética de la vida; es un “espacio de debate racional, plural y crítico, de los problemas morales surgidos en torno, a la vida, el presente y su futuro, además de la calidad y su sentido” (6), como lo propone Gracia. Desde el enfoque de Escobar Triana*, quien considera como asuntos de la bioética aquellos surgidos de la problemática que plantea la aparición y uso de tecnologías por parte del hombre, el bienestar animal se acepta como tema a tratar, pues tiene lugar en el contexto de la relación hombre-animal, facilitada por el uso de tecnologías que han permitido al hombre “colonizar” la naturaleza, hasta llegar a compartir hábitat con seres diferentes a los de su especie, en la mayoría de casos imponiendo una cultura de relación y aprovechamiento, contraria a las leyes naturales. El bienestar animal, entendido como la satisfacción de los intereses que permiten el confort de un individuo y garantiza su adaptación al medio, es una condición demandable por todos aquellos seres capaces de sentir dolor ya que, como lo afirma Peter Singer (20), el dolor y el sufrimiento deben ser considerados como condiciones suficientes y necesarias para poseer intereses y exigir igualdad en su satisfacción, es decir, igualdad en el respeto a los intereses, pero entendiendo la igualdad como una idea moral y no como afirmación de un hecho, por lo que la petición está orientada no a un tratamiento igual o idéntico, sino a una misma consideración. Considerar en la misma medida intereses diferentes genera igualmente tratamientos diferentes. Lo anterior sugiere un cambio en el paradigma antropocéntrico actual de la relación hombre-animal; ya que en concordancia con la teoría de Kuhn (11) un paradigma se mantiene hasta cuando se queda corto en dar respuestas a las incógnitas surgidas, con lo cual sobreviene su crisis; el paradigma sucumbe ante su propia insuficiencia y se derrumba permitiendo la aparición de uno nuevo. En el campo de la relación citada, todas aquellas justificaciones que han permitido al hombre otorgarse un exagerado valor intrínseco, se han ido desmintiendo ante monumentales verdades fácilmente demostrables. 54 La presencia de dolor como una realidad neurofisiológica, el aprendizaje mediante la experiencia, el desarrollo de medios o mecanismos de comunicación intraespecíficos y la utilización de herramientas, son algunas de las evidencias que producen la crisis del paradigma tradicional de relación, que se basa en un antropocentrismo fuerte, mediante el cual la relación se redujo a ontologismo antirrealista, mediado por el mandato divino: todo lo viviente será sometido por el hombre, como máxima expresión de la creación, concibiendo a los animales como simples objetos de uso o consumo. Wulff, Pederson, Rosenberg (24) e incluso Dennett, teóricos del campo de la filosofía de la medicina humana, aceptan la posesión de intereses particulares, incluso en los animales más primitivos, y también el hecho de poder aprender de las experiencias, producto de perfeccionamientos de las especies a través de los procesos evolutivos; pero le restan valor al sugerir fuertes dificultades para categorizarlas como experiencias concientes; el propio Dennett afirma que el desarrollo de una experiencia conciente está ligada a la adquisición del lenguaje, del tipo simbólico más específicamente, considerada como una propiedad absolutamente antrópica, es decir, únicamente atribuible el hombre. Reconocer que el planteamiento de Aristóteles al señalar que el hombre es el único ser que tiene palabra y habla por que tiene una singular inteligencia y es capaz de construir un conocimiento, habla para expresar ideas y sentimientos, habla mediante un lenguaje simbólico en constante cambio y no sólo de forma instintual por el uso de sus órganos fisiológicos, como el aparto fonador. Conseca y Nubiola señalan que “Lo distintivo del ser humano es ser un animal simbólico, capaz de convertir en signo todo lo que toca, como atestiguan los juegos infantiles. El hombre, a diferencia de los animales, no está obligado instintivamente a responder al mundo de la naturaleza; su mundo es por ello mucho más amplio y rico que el mundo animal. Gracias al lenguaje simbólico, a la religión y a la ciencia, los seres humanos han construido su propio universo, un universo simbólico que les posibilita entender e interpretar, articular y organizar, sintetizar y universalizar su experiencia. En el lenguaje, el hombre descubre un poder inusitado, la capacidad de construir un “mundo simbólico” (3). Revista CES / Medicina Veterinaria y Zootecnia / Volumen 3 / Número 1 / Enero – Junio de 2008 / ISSN 1900-9607
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