CES - Revista Veterinaria Enero - Junio 2008 - (Page 55) Sin embargo resulta evidente que el lenguaje como forma de comunicación auditiva no es del todo una construcción propia de la especie humana. Según Maier (13) los animales deben ser capaces de coordinar sus actividades mediante algún tipo de sistema de comunicación que se clasifica en canales entre los que se encuentra el auditivo, el autor afirma que los chipmunks orientales (Tamias striatus) y otras especies de mamíferos emiten una llamada de alerta distinta en función de que el depredador sea aéreo o terrestre El lenguaje químico visual, acústico y táctil se observan en los animales, incluso en manifestaciones más especializadas que los desarrollados por los humanos, como los cantos de los aves, las “danzas” de las abejas, las sustancias químicas que permiten a las hormigas reconocerse, el contacto físico en los primates, los olores característicos entre los mamíferos como señal de territorio o llamado al apareamiento, el colorido de los anfibios para ahuyentar o atraer y los chillidos de los delfines como una forma de lenguaje comunicativo aún no descifrada por el humano, son algunos de los ejemplos más característicos. Sin importar la justificación que se desee imponer, desde la realidad tangible, empírica, no existe razón de peso alguna para no respetar a los animales sus intereses y formas de vida en adecuadas condiciones de bienestar. Jeremy Bemtham, padre del utilitarismo, lo dijo alguna vez “Es probable que llegue el día en que el resto de la creación animal adquiera aquellos derechos que no ser por la acción de la tiranía. Los franceses han descubierto que la negrura de la piel no es razón para abandonar sin remedio a un ser humano al capricho de quien lo atormenta. Puede que llegue el día en que el número de piernas, la vellosidad de la piel o la terminación del os sacrum sean razones igualmente insuficiente para abandonar a un ser al mismo destino. ¿Qué otra cosa es la que podría trazar la línea infranqueable? ¿Es la facultad de la razón, o quizá la del discurso? Pero un caballo o un perro adulto es, más allá de toda comparación, un animal más racional y con el cual es más posible comunicarse, que un niño de un día, de una semana o incluso de un mes. Pero, aun suponiendo que fuese de otra manera, ¿qué importaría? La cuestión no es: ¿pueden razonar? Ni tampoco: ¿Pueden hablar? sino: ¿Pueden sufrir?” (1). Teniendo en cuenta siempre nuestros propios intereses, es necesario empezar a pensar en los intereses de los otros, no solo de aquellos pertenecientes a nuestra misma especie, sino de todos con quienes compartimos el planeta tierra. En palabras de Garzón, “pasar de un hedonismo psicológico egoísta a un hedonismo ético universal” (7), lo cual supone el ejercicio de la Bioética, en su porción de la ecoética, como el paradigma que hermana al hombre con el hombre y a este con la naturaleza. Cely afirma que “cada uno de los seres de la naturaleza posee valor en si mismo, por el sólo hecho de ser con independencia de que sea el hombre quien le de valoración” (4). Aclarando que hablar de ecoética o ética ambiental, no sugiere una desviación de la bioética, sino, como lo señala Hottois(8), una porción de la bioética, surgida en respuesta a la tendencia natural de ésta al fraccionamiento, debido a su alta complejidad. Garzón(7) sugiere que la crisis actual de la relación hombre-animal, y más ampliamente hombreambiente, no encontrará vías de solución desde el antropocentrismo que ha reinado durante 20 siglos, por lo que consideró necesario un cambio de paradigma. El posicionamiento del nuevo paradigma no pretende una transición del antropocentrismo fuerte, a lo que Sosa (21) describe como igualitarismo biosférico, donde lo humano posea exactamente el mismo valor que lo de cualquier otra especie, sino en lo que Ulloa(23) reconoce como un holismo alternativo o Fortes(5) como un antropocentrismo débil, en donde todo lo viviente posea valor intrínseco, pero en el que para la toma de decisiones vitales o de elevados compromisos del bienestar se acepten preferencia emocionales no racionales. El cetro de este nuevo paradigma no es el tema de los derechos de los animales, sino el del respeto a su bienestar. Es importante aclarar esta postura, ya que como lo señala James (9) el bienestar animal se ocupa de la manera cómo son tratados los animales, acepta que sean utilizados por los hombres y tratan de mejorar su suerte; mientras que los derechos de los animales dictan que no deben ser explotados en absoluto y luchan por su libertad. Kant (10) ilustra la diferencia cuando acepta que el hombre puede matar animales, pero aclara que el acto debe garantizar la ausencia de sufrimiento para éstos, acepta también el hacerlos trabajar intensamente pero no más allá de sus fuerzas; considerando en todos los casos, abominable los experimentos físicos acompañados de tortura, que tienen por fin, únicamente la especulación, cuando el fin pudiera alcanzarse también sin ellos. Se encuentra también aquí defendida, la importancia de la 55 Revista CES / Medicina Veterinaria y Zootecnia / Volumen 3 / Número 1 / Enero – Junio de 2008 / ISSN 1900-9607
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